Buenos días

28 julio 2015


Aún despertando, respira profundo. El olor de tu colonia se le cuela en la nariz y se adhiere a sus brazos, a su pecho, a su rostro. Huele a limpio, pero también afrutado. Al principio le recuerda al olor de alguna fruta, pero no, no es eso; después le huele a verde. A pimienta, a césped recién cortado, a bosque. Pero no es lo verde del bosque lo que permanece en el olor; no, tampoco es eso. Es la parte más dura y rugosa de los montes lo que le impregna la nariz: el mismo tronco de los árboles, la madera. Tu olor se queda en su nariz en forma de madera limpia, madera lisa y también rugosa. Pero no puede ser solo eso. Hay algo más. Algo que le llega más adentro, que le recorre el cuerpo de la cabeza a los pies sin dejarse ni uno solo de sus recovecos. Es un olor que viaja por cada ínfima parte de su sistema nervioso, activando y alterando todo lo que hay en su interior. Es madera, es verde, es cítrico pero, sobre todo, es almizcle.
 
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